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Los márgenes de Sevilla

Sigo aquí, existiendo en tus márgenes, esperando «te» aunque no lo reconozca. Aunque no sepas volver. Aunque no quiera que vuelvas.

Hoy he pensado en ti al ver a dos críos sentados en un banco, comiendo pipas, fingiendo que no saben lo que está pasando. Mientras la una se mira las zapatillas y el otro le mira el pelo, el cuello y la boca… como si ella de azúcar y el fuera diabético.

Sigo en el margen de tu boca. Recordando tu mirada silente, tu sonrisa forzada y los tira y afloja de ese reto perverso al que los dos perdemos desde que empezamos a jugar, a sentir. Un juego sin ganador y sin final, como si el azar y el destino jugara a herirnos.

No he contado las veces que no hemos coincidido en el tiempo, las veces que tú me mirabas de reojo la boca, las que callabas cuando me besaba con otro y aún ardiendo sonreías implacable, si no te conociera diría que impasible. Mueven negras; callaba yo cuando te veía abarcando y protegiendo con tus brazos a otra. Sonreía mientras fingía que no quería ser ella, que no te quería más cerca, callaba yo para proteger aquello que éramos sin duda, aquello que no se acababa en septiembre.

Es difícil proteger algo de uno mismo, proteger aquello nos daba seguridad y pertenencia… Incluso cuando no estabas o si aquello que éramos se dilataba o contraía en el tiempo y el espacio. Si las llamadas cesaban meses, si las noticias eran con gotero, aun así seguíamos siendo. Seguíamos existiendo en el margen de mano del otro, en el margen de un pensamiento. Mientras jugamos a anteponer nuestra amistad, nuestra hermandad, por encima incluso de nosotros mismos.

Te diría que no me arrepiento, pero mentiría. Aún recuerdo el único momento en el que coincidimos en el tiempo y en el espacio, te recuerdo rodeado y rodeándome: maraña de brazos piernas, arañazos y susurros. Recuerdo tus ojos clavados en los míos, el sabor a sal, el color de la arena y el momento exacto en el que supe que estaba enamorada de ti. Me arrepiento de no haberte dicho que te amaba, tanto o más que de haberte dejado ir.

Hoy, al ver aquellos chicos en el parque, volví a pensar en ti, cuando eras tú. Volví a pensar en ti como intento no hacerlo, como no me lo permito. Volví a tus manos, tu pecho, tu piel… Yo sé que tú también piensas en mí, en sí el error fue amarme o dejarme ir. Yo sé que quemas tiempo, vida y carretera pensando si fuera yo, si fuera conmigo. Pensando como sería una vida que no fue, que no es. Una vida que solo existe en nuestros ratos muertos. Yo sé que piensas en mí, en nosotros y en ese monstruo idealizado en llamadas furtivas. Esa fantasía que ya no cabe por la puerta, ese monstruo que la realidad no puede acoger, que se deforma en cuanto intentas pintarlo.

A veces quisiera apartarte tan lejos como lo está nuestro primer beso. Quisiera pensar en ti como un fantasma del pasado. Pienso incluso en abandonar el juego, en vender nuestra amistad al primero que pase, dejar de utilizarla como excusa y premio de consolación.

Pero también soy yo quien ha pensado en robarte un rato, hacerte un tour rápido desde del portal hasta mi cama, con una excusa cualquiera. Sé que vendrías, que lo harías y que otro pecado nuestro no suma ni resta para entrar en el infierno.

Lo pienso, pienso en las ganas de besarte, en tus manos apoyadas en mi cama, pienso en tus ojos clavándome miradas, pero me freno antes de imaginarme sentada sobre ti mientras me agarras de las muñecas; no sé si pesa más el miedo a quedarme vacía cuando vuelvas a casa o tener que cuestionarme qué clase de hombre eres, qué hombre va y vuelve. Me da miedo pensar en si yo soy la única después de ella. Y esta lucha interna entre la razón y la drogadicción está siempre entre follarte o desaparecer.

Es difícil dejar ir a un amor que nunca fue mío aunque existió siempre. Es difícil alejarme de ti sin imaginar una vida paralela en la que lo dejas todo. Llegados, ambos, tan lejos, tan lejos de la vida del otro; Sigamos protegiendo aquello que nos da confidencia, hermandad, aquello que nunca acabó en septiembre aun cuando se dilata en el tiempo.

Una vez, amigos, amigos siempre.

NOTA: Para «L» con todo mi cariño. Gracias por contarme tu historia, gracias por dejarme escribirla. Y espero que te amen bonito y fuerte; te lo mereces.

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