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Paralelos

– Estás celoso.
– Yo no soy celoso.
– Y yo no he dicho que seas celoso, solo que lo estás. Tampoco eres una persona triste, pero a veces estás triste.
– Deja de darle vueltas, Sophie… ya te he dicho que no.
– No es malo estar celoso, casi es peor no ser capaz de reconocerlo.
– No me importaría decirlo si así fuera, pero no lo es.
– Claro, como yo no te conozco de nada, me creeré que sueles ir por la vida con esa cara de culo y esa arruga en la frente.
– Oh, eso… deber ser porque tengo una amiga pesada como un plomo que lleva 1 hora entera dándome la paliza.
– A mí no me culpes… ¿No piensas decirle nada, cierto?
– ¿Sobre qué…?
– Ya sabes, que te gusta.
– Pero es que no me gusta, Sophie – dijo algo irritado.

Había más gente en el paseo marítimo, muchos pasos por detrás o por delante. Sudaderas gruesas los resguardaban a ambos del frío nocturno de principios de primavera, el mar rugía bravo, el viento olía a salitre y el suspiro de Sophie amortiguó el silencio que rebotaba entre ambos.

– Te he visto mirarla; cuando jugábamos vóleibol o al billar, por el retrovisor, cuando se dejó dormir sobre mi hombro el fin de semana que nos fuimos a la montaña… me jode que me lo niegues, se supone que somos amigos.

– Sophie, jamás intentes ganarte la vida como espía.  Morirás de hambre.
– Ya… – dijo la chica metiendo las manos en las mangas de la sudadera.
– Además, das consejos que tú no sigues… ¿Qué pasó con aquel tío que te gustaba? ¿Se lo has dicho?
– No es lo mismo, tú con ella tienes posibilidades. Y ese chico y yo somos incompatibles, jamás se fijaría en mí.
– ¿Por qué no?
– La gustan otro tipo de chicas, un poco como Alma, ya sabes…
– Vaya… es el segundo tío que asumes que Alma le puede gustar más tú.  Sabes… creo que deberías decirle a Alma que estás enamorada de ella… – Albert sonrió y Sophie puso los ojos en blanco.
– A veces eres insoportable.
– Dile a ese chico que te gusta, Sophie. ¿Qué puedes perder?
– No sé, somos amigos, la cosa se pondría rara…- Sophie hizo una pausa con la voz nerviosa-  Hugo me ha invitado a salir, quiero decir… sería más fácil decirle que sí que esperar por ese chico.
– ¿Hugo? ¿Hugo Kent? ¿Pero a ti desde cuando te gusta Hugo?
– No me había fijado en él así, a veces la gente te sorprende.
– No sabía que eras tan conformista.

Albert se dio la vuelta, ya casi al final del paseo, y Sophie imitó el cambio de sentido. Las farolas iluminaban una línea serpenteante fuera del límite de la playa. Las olas rompían en la orilla. Hubo unos segundos de silencio.

– No es conformismo, Hugo es guapo, inteligente, simpático… no me estoy quedando con el primero que pasa…

– Y por lo visto no es el tipo de tío al que le gusta Alma, debe ser un punto a favor.

– No he dicho eso…

– Quizás ese otro chico no te gustaba tanto.

– ¿Tú esperarías…?

– ¿Por ti?

– No, por alguien que te guste.

– Yo por ti esperaría hasta que te dejara de gustar ese tío, o hasta que te dieras cuenta de que es a ti a quién miro. Hasta que te dieras cuenta de que celos es lo que siento cuando hablas de salir con imbéciles como Hugo – hizo una pausa mientras cogía aire – Nunca me había planteado que eso podía ser una vida entera.

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